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Der Gang lag verlassen vor ihm.
Er hatte keine Ahnung, was er hier machte und wie er hergekommen war, aber das war schon gar nicht mehr der Punkt. Er wusste um die Gefahr. Manchmal benutzte er das Zugangsportal, das ihn unwiderstehlich anzog, andere Male war er einfach schon drinnen, auf irgendeinem dieser gespenstischen Level.Manchmal bewegte er sich durch Bereiche, die er bereits von vorigen Besuchen kannte, dann wieder war ihm alles neu, so wie jetzt.
Dieselben Gefahren, unterschiedliche Schauplätze.
Er betrachtete die Bögen, dieWände. Keine einzige gerade Linie. Eine Welt voller Rundungen, geformt aus Stein von einer verstörend unruhigen Hand. Eigentlich wunderschön, wenn darin nicht etwas gelauert hätte. Beim ersten Mal, vor dem Angriff der Ungeheuer, hatte er sie sogar für einen schönen Traum gehalten.
Bis sie zum Albtraum wurde.
Er tastete sich an einer Wand entlang. Weiter vorn erspähte er ein Fenster. Es war sinnlos hinauszusehen, denn dahinter war nichts. Da war nie etwas. Nur vollkommene Leere. Kein Ausweg, außer aufzuwachen, aber das gelang ihm nicht immer und schon gar nicht rechtzeitig. Bevor die Tortur Schmerz, Unruhe und Angst in ihm auslöste.
Er ging dicht am Fenster vorbei, warf einen Blick auf dieses Nichts, dessen Farbe changierte, und stieß in der Kurve auf eine Tür. Mal wieder. Er wusste, dass es wenig Sinn hatte kehrtzumachen, also holte er tief Luft und öffnete sie. Dahinter plötzlich ein anderer Stil, den er auch kannte. Das Haus der tausend Augen.
Bizarr geformte Türen und Fenster, die sich von selbst öffnen und schließen konnten, sich verformen konnten, als wären ihre Rahmen aus Kaugummi. Er ging bis in die Mitte des Raums und da
sprangen sie plötzlich auf.
In den Türen drängelten sich Drachen. In den Fenstern Salamander. Tausende. Sie überfluteten den Raum. Sie waren also schon da gewesen. Hiro rannte davon.
Sie waren in derÜberzahl und schneller als er.Nie lief er schnell genug. Seine Angst schlug in Panik um, denn er wussre, was gleich kommen würde. Der einzige Ausweg führte durch den Gang mit den schrägen Stützpfeilern, an dessen Ende sich das Große Spinnennetz befand. Er brauchte
«Waffen!»
Sogleich hielt er das bokken in der rechten Hand, den jo in der linken. Das tanto spürte er im Gürtel stecken. Jetzt trug er nicht mehr seine normale Kleidung, sondern seinen hakama.
Er versuchte, es mit ihnen aufzunehmen.
Doch hier war mit Aikido nichts auszurichren. Wie sollte er die Energie seiner Angreifer aufnehmen und ins Leere lenken? Keine Wurftechnik kam gegen ein Heer von Salamandern und Drachen an. Und seine Holzwaffen schon gar nicht. Es gelang ihm, siemit dem langen Schwert, bokken, ein paar Sekunden in Schach zu halten, bis die kühnsten Drachen und die draufgängerischsten Salamander seine schwache Verteidigung durchbrachen. Nun setzte er den hundertachtundzwanzig Zentimeter langen Stock ein, jo.
Als ein Drache ihn in den Arm biss, ließ er das bokken fallen.
Er versuchte das Messer, tanto, zu ziehen.
Ein Dutzend Salamander krabbelte bereits an seinen Beinen hinauf.
«Nein!», schrie Hiro. (
)


El pasadizo estaba desierto.
No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado, pero eso era ya lo de menos. Conocía
el peligro.
Unas veces entraba por la puerta principal, sin poder resistirse a su influjo, y otras, simplemente, ya estaba dentro, en cualquiera de aquellos niveles espectrales. Unas veces caminaba por lugares que ya recordaba de ocasiones anteriores y en otras, como la presente, todo era nuevo.
Los mismos riesgos, espacios distintos. Miró los arcos, las paredes. Ninguna línea recta. Un mundo de curvas hecho de piedra por una mano inquieta e inquietante. Habría sido hermoso de no ser por lo que contenía. La primera vez, antes de que los monstruos le atacaran, incluso pensó que era un bello sueño.
Después... la pesadilla.
Tanteó una pared.Más allá divisó una ventana. Sabía que era inútil asomarse porque al otro lado no había nada. Nunca había nada. El vacío más absoluto. Ninguna salida salvo despertar, pero no siempre lograba despertar, y menos a tiempo. Antes de que la tortura le empujase al dolor, la ansiedad, el miedo.
Pasó cerca de la ventana, le echó un vistazo a aquella nada que cambiaba de colores y en el recodo se encontró una puerta. Una más. Sabía que servía de poco dar media vuelta, así que respiró profundamente y la abrió. Al otro lado la decoración cambiaba de pronto, y también conocía aquello. La Casa de losMil Ojos. Puertas y ventanas de formas grotescas, capaces de abrirse o cerrarse sinmás, y demoverse, como si sus marcos fueran de chicle. Llegó al centro de la estancia y entonces... sucedió.
Por las puertas aparecieron dragones. Por las ventanas, salamandras. A miles. Se abrieron de pronto y lo inundaron todo. Así que ya estaban allí. Hiro echó a correr. Ellos eran más, y más rápidos. Nunca podía correr bastante. El miedo se volvió pánico, porque sabía lo que venía a continuación. La única vía de escape era a través del Pasadizo de las Columnas, a cuyo término se alzaba la Gran Telaraña. Necesitaba...
¡Armas!
El bokken apareció en su mano derecha, el jo en la izquierda. En el cinto notó la presencia del tanto. Ya no iba vestido con su ropa normal. Llevaba su hakama.
Trató de hacerles frente. La filosofía aikido no servía allí. ¿Cómo convertir la energía de sus agresores en su fuerza para derrotarlos? Ninguna defensa podía derrotar a un ejército de salamandras y dragones. Y menos sus armas de madera. Con el bokken logró mantenerlos a raya unos segundos. La larga espada que en el aikido se usa sin la guarda del puño los detuvo hasta que los más osados dragones y las más belicosas salamandras atravesaron su débil defensa.
Entonces utilizó el jo, el bastón corto, de unmetro y veintiocho centímetros de largo.
Un dragón le mordió el brazo y él soltó el bokken.-
Intentó sacar el tanto, el cuchillo. Una docena de salamandras le subía ya por las piernas.
¡No! gritó Hiro.
No le hicieron daño. Sólo le desarmaron. Las tres armas de madera quedaron desmenuzadas.
Después le derribaron al suelo y le rodearon expectantes. Las salamandras eran de vivos colores, como si estuviesen hechas de cristales. Los dragones parecían de hierro. Sus ojos despedían frío. Aleteaban enloquecidos empujándose unos a otros. Ya no pudo luchar. Incluso le tiraron del pelo para que mantuviera quieta la cabeza. Se hizo un extraño silencio. Y de alguna parte surgió él. El Hombre Sin Rostro.
Hiro...
No tenía cara, no tenía nada, no tenía más forma que aquella superficie ausente de rasgos, y sin embargo era lo más horrible que jamás pudiera recordar. Sus invisibles ojos eran crueles, sus labios sonreían con ironía. Podía intuirlos. No es necesario ver el horror para tenerlo presente. Aquello era sin duda lo peor. La ausencia que almismo tiempo lo era todo.
(
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